No es difícil nombrar los problemas que enfrenta México; lo difícil es identificar soluciones adecuadas y crear consenso para su implementación.
Los problemas son en buena medida eternos y conocidos por todos, pero sus causas, consecuencias y posibles soluciones son siempre controvertidas. Por eso la vieja noción de que el país está sobrediagnosticado y que las soluciones son casi obvias es falsa o al menos absurda. Si así fuera, los mexicanos no estaríamos sumidos en el pantano como estamos nosotros.
Algunos de esos problemas están arraigados desde hace mucho tiempo, mientras que otros son producto de la evolución acelerada del mundo. Ambos, sin embargo, exigen soluciones que los políticos mexicanos han sido incapaces de ofrecer.
En su campaña presidencial, el candidato Andrés Manuel López Obrador describió con precisión los problemas históricos: pobreza, desigualdad, bajo crecimiento y corrupción. Este complejo conjunto de problemas se percibe como central para el desarrollo del país, pero son consecuencias, no factores causales. A medida que se acerca la temporada de campaña oficial, cualquier discusión que pueda generar un programa de gobierno relevante y viable debe centrarse en las raíces de esos problemas para poder abordarlos de manera efectiva.
Para complicar aún más las cosas, hay nuevos problemas (o, al menos, nuevas circunstancias) que cambian el entorno en el que se desarrolla la actividad económica y en el que interactúan las sociedades. La globalización de la actividad económica –de la que México se beneficia más que a través de las exportaciones y, recientemente, a través del llamado nearshoring– hace imposible (y contraproducente) adoptar medidas económicas unilaterales, como habría sucedido hace medio siglo.
Factores como la delincuencia organizada (una actividad transnacional) requieren atención a nivel interno, pero ninguna nación puede impedirlos por sí sola. La ubicuidad de la información y la universalización del acceso a ella han cambiado todos los factores que caracterizaron la vida política en el pasado.
La cuestión es que los problemas de larga duración requieren soluciones que tengan en cuenta las realidades del mundo actual. El intento de la actual administración saliente de distanciarse de la realidad actual ha demostrado ser engañoso y perjudicial para el desarrollo y, paradójicamente, perjudicial para la parte más pobre de la población, la misma gente que sufre más intensamente los problemas que el presidente identificó durante su campaña.
Lo sorprendente de la situación que atraviesa México, como la de otras naciones, no es que sea difícil precisar qué se debe hacer. La parte difícil, por alguna razón, ha sido avanzar hacia la implementación de esas soluciones. Las respuestas suelen estar a la vista, aunque a primera vista no parezcan plausibles.
Ronald Reagan delineó el dilema con la clarividencia: “Desde hace muchos años… [we have been] Se nos ha dicho que no hay respuestas simples a los complejos problemas que están más allá de nuestra comprensión. Bueno, la verdad es que hay respuestas simples. Simplemente no hay respuestas fáciles”.
Los puntos particulares de tensión de México no surgieron por casualidad. Son el resultado de un mal funcionamiento político (a menudo como resultado de la creciente complejidad del mundo moderno, como se ve en Ucrania y con la inteligencia artificial, los ciberataques, el posible regreso de Trump y otros políticos disruptivos, especialmente en el contexto de una crisis extrema). debilidad institucional y ausencia de controles y contrapesos efectivos), generando una (perspectiva/expectativa) política y electoral que ha paralizado al país. Esto, paradójicamente, también constituye una gran oportunidad porque incluso los seguidores más devotos del presidente saben que el progreso es imposible sin acuerdos sobre los elementos básicos de la convivencia humana.
A lo largo de la actual administración, la elaboración de presupuestos gubernamentales ha sido particularmente perjudicial para el crecimiento económico. Al desviar recursos que normalmente se habrían dedicado a educación, salud y otros gastos públicos, el gobierno prefirió dirigir fondos a su clientela preferida a través de programas sociales de transferencias de efectivo. Como dice el comediante Andy Borowitz, “sería bueno gastar miles de millones en escuelas y carreteras, pero ahora mismo ese dinero se necesita desesperadamente para anuncios políticos”.
Los ciclos electorales hacen imposible llegar a acuerdos sobre y para el futuro, pero la temporada de campañas políticas también es un buen momento para explorar opciones y posibilidades. Las propuestas de los candidatos pueden ser viables o no, pero obligan al público a pensar más allá del status quo predominante. Por esa razón, las campañas políticas brindan a la sociedad la oportunidad de proponer soluciones y nuevos enfoques para abordar los problemas existentes. El resultado es la creación de un entendimiento compartido que puede ser la base para soluciones futuras. Uno de los errores más frecuentes en el análisis político es culpar a los líderes de problemas que, en realidad, son estructurales. Sin embargo, eso no exime a esos mismos políticos de la obligación de trabajar (o, durante sus campañas políticas, proponer) soluciones para superar los problemas sistémicos.
Luis Rubio es el presidente de México Evalúa-CIDAC y expresidente del Consejo Mexicano para Asuntos Internacionales (COMEXI). Es un prolífico columnista sobre relaciones internacionales, política y economía, escribe semanalmente para el periódico Reforma y regularmente para The Washington Post, The Wall Street Journal y The Financial Times.
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