Polonia, primera víctima del relámpago nazi

Se cumplen ocho décadas del inicio de la guerra más devastadora de la Historia

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Decía Woody Allen que cada vez que escuchaba a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia, pero a Adolf Hitler, fanático de walkirias, parsifales y nibelungos, las ganas se le fueron quitando con el pasar de los días de aquel agosto del 39. Tras años de mentiras, discurso del odio y verborrea incendiaria, el Führer se vio de repente ante el abismo de llevar a su país a otro conflicto planetario de final incierto a pesar de que había hecho todo lo posible por provocarlo.

No esperaba que su futura agresión a Polonia hiciera que Francia y Gran Bretaña le plantearan un ultimátum de guerra. Cuando se reunió por última vez con el embajador británico en Berlín tres días antes, éste le expuso la evidencia: tras años de violar acuerdos como el pacto de Múnich, insultar a los líderes extranjeros e incurrir en provocaciones como la anexión de Austria o los Sudetes, la paz y la diplomacia se habían quedado sin espacio. Durante varias noches Hitler frenó la invasión en el último momento esperando que alguien hiciera algo que le impidiera cumplir con sus planes. Como si un pirómano esperara a que los bomberos intervinieran para no dejarle quemar el bosque. Pero ya no había bomberos a los que llamar.

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